EL CANTO DEL VIENTO (1965)

Indice

El canto del viento
Tiempo del hombre

I - La leyenda y el niño
II - El cacique benancio
III - Hacia el norte
IV - Pasaban los cantores
V - Entre Ríos
VI - Genuario Sosa, un entrerriano
VII - Destino del canto
VIII - La corpachada
IX - El calle Calchaquí
X - Los misterios del Cerro Colorado
XI - La laguna Brava
XII - Voces de la quebrada
XIII - Dagoberto Osorio, el último trovador de la quebrada
XIV - La comarca embrujada
XV - Caminos y leyendas
XVI - Los pagos charrúas
XVII - La guitarra
XVIII - "Me ciñe invisivle lazo"
XIX - El Puma
XX - Caminos en la llanura
XXI - Ongamira
XXII - Don Jesús
XXIII - Otoño
XXIV - Nostalgía
XXV - Benicio Díaz
XXVI - El compadre Chocobar
XXVII - El riojano Z. Z.
XXVIII - Los contrabandistas
XXIX - El tiempo de la sed
XXX - La danza de la viuda
XXXI - Sin caballo y en Montiel
XXXII - Historia de tesoros
XXXIII - El minero
XXXIV - Los bandoleros
XXXV - Nácar
XXXVI - El encuentro
XXXVII - La cerrazón
XXXVIII - El último decreto
XXXIX - ¡Siempre!

 

EL CANTO DEL VIENTO

Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito viento generoso.
En una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros van a parar a la hechizada bolsa del Viento.
Pero a veces la carga es colosal, y termina por romper los costados de la alforja infinita.
Entonces, el Viento deja caer sobre la tierra, a través de la brecha abierta, la hilacha de una melodía, el ay de una copla, la breve gracia de un silbido, un refrán, un pedazo de corazón escondido en la curva de una vidalita, la punta de flecha de un adiós bagualero.
Y el viento pasa, y se va. Y quedan sobre los pastos las "yapitas" caídas en su viaje.
Esas "yapitas", cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido, las tempestades.
Según su condición o calidad, se desmenuzan, se quiebran y se pierden. Otras, permanecen intactas. Otras, se enriquecen, como si el tiempo y el olvido -la alquimia cósmica- les hicieran alcanzar una condición de joya milagrosa.
Pero llega un momento en que son halladas estas "yapitas" del alma de los pueblos. Alguien las encuentra un día. ¿Quién las encuentra? Pues los muchachos que andan por los campos por el valle soleado, por los senderos de la selva en la siesta, por los duros caminos de la sierra, o junto a los arroyos, a junto a los fogones. Las encuentran los hombres del oscuro destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, el arriero que despedaza su grito en los abismos, el juglar desvelado y sin sosiego.
Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor, meditación y silencio transformados en dignidad sonora. Las encuentran las flautas indias, las que esparcieron por el Ande las cenizas de tantos yaravíes.
Y con el tiempo, changos, y hombres, y pájaros, y guitarras, elevan sus voces en la noche argentina, o en las claras mañanas, o en las tardes pensativas, devolviéndole al Viento las hilachitas del canto perdido.
Por eso hay que hacerse amigo, muy amigo del Viento. Hay que escucharlo. Hay que entenderlo. Hay que amarlo. Y seguirlo. Y soñarlo. Aquel que sea capaz de entender el lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo, alcanzará la copla, penetrará en el Canto.

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LA LEYENDA Y EL NIÑO

De todos los cuentos y leyendas que de niño escuché esta leyenda del Viento fue la inolvidable. Se metió en mis venas quemándome la sangre, sumándose a mi vida para siempre.
La narraban los únicos hombres capaces de contar cosas universales: la peonada de las viejas estancias, los estibadores que volaban sobre los tablones con su carga de trigo y de maíz, el paisanaje de las esquilas en esos octubres de nubes redondas como vellones dispersos por el cielo, los gauchos que cruzaban aquellas pampas abiertas, donde las leguas sólo podían ser vencidas por la espuela y el galope.
Los días de mi infancia transcurrían, como la de todos los changos, de asombro en asombro, de revelación en revelación. Nací en el medio rural, y crecí frente a un horizonte de balidos y relinchos. Los espectáculos que exaltaban mi entusiasmo no consistían en mecanos, rompecabezas, volantines o barriletes. Era un mundo de brillos y sonidos dulces y bárbaros a la vez. Pialadas, vuelcos, potros chúcaros, yerras, ijares sangrantes, espuelas crueles, risas abiertas, comentarios de duelos, carreras, domas, supersticiones, mil modos de entender las luces malas y las cosas del “destino escrito”. En aquellos pagos de Pergamino nací, para sumarme a la parentela de los Chavero del lejano Loreto santiagueño, de Villa Mercedes de San Luis, de la ruinosa capilla serrana de Alta Gracia. Me galopaban en la sangre trescientos años de América, desde que don Diego Abad Martín Chavero llegó para abatir quebrachos y algarrobos y hacer puertas y columnas para iglesias y capillas y de cuyos contratos quedan algunos papeles revisados por el Dr. Lizondo Borda y transcriptos en sus Documentos coloniales del Tucumán, obra publicada por la Universidad tucumana hace veinticinco años. Por el lado materno vengo de Regino Haram, de Guipúzcoa, quien se planta en medio de la pampa, levanta su casona, y acerca a su vida a los Guevara, a los Collazo, gentes "muy de antes", cobrizos, primitivos y tenaces, con mujeres que fumaban en pipas de yeso a la hora crepuscular, cerca de la amplísima cocina donde se refugiaban algunos corderos "guachos".
Todo ese mundo, paz y combate en mis venas entre indianos, vascos y gauchos, determinaban mis alegrías, mis sustos, acuciaban mi instinto de muchachito libre, me hacían crear un idioma para dialogar con los juncos de los arroyos. Cuántas veces evoco aquellos días de mi infancia, y me veo, con apenas seis años sobre mis chuncas, montado en mi petizo doradillo, “en pelo”, “bocao de soga”, y galopando entre los pastizales, sintiendo en las desnudas pantorrillas el lanzazo de los cardos azules, oyendo el alerta de los teros en los bajíos, atravesando una alameda que me hechizaba con sus extraños silbos en la tarde, llegando luego a mi casa con la bestia sudada y temblorosa de nervios y fatiga, para escuchar con una falsa actitud de arrepentimiento los reproches de mi madre, y sentirme premiado en mi “gauchismo” por la mirada seria y serena de mi padre, "tan paisano y tan sin vicios" como comentaban nuestros escasos vecinos.
Porque en mi casa paterna el tabaco y el alcohol eran desconocidos. Vivían mis mayores en una limpia pobreza, donde sólo brillaban los aperos y la decencia. Mi Tata era un humilde funcionario del ferrocarril, pero nada podía matar al gaucho nómade que había sido. Es así que siempre, en ocasión de los traslados que eran numerosos por razones de su labor, se mudaba con su familia y su tropilla. Jamás dejó de tener buena caballada, y era su placer quitarles el orgullo a los chúcaros jineteándolos con fiereza que asombraba. De ahí que nosotros, mi hermano y yo, gustáramos enhorquetarnos en un bagual al amanecer, momentos antes de partir hacia la escuela, y en un potrero, un alfalfar, nos teníamos escasos segundos sobre el chúcaro que nos hacía “mostrar el número de las alpargatas” al segundo corcovo. Y es así que solíamos llegar a nuestra clase escolar con un costado del guardapolvo teñido de verde y mojado por el rocío, amén de alguna magulladura nunca demasiado seria.
Así transcurrían las horas de mi infancia, con infinitos viajes de pocas leguas en una aventura en la que no faltaban ni el drama ni la pena, porque no todo era el libre galopar por esas pampas, o el aprendizaje de la “visteada” con puñales de mimbre, o leer la colección “El Parnaso Argentino” en voz alta o escuchar al Tata cuando adornaba las últimas horas de los domingos tañendo su guitarra y sumergiéndose en un bosque de vidalas que le traían tantos recuerdos de su antiguo solar santiagueño. No. También la pena comenzó a anidar en mi corazón cuando vi a Genuario Bustos, un gaucho que mucho admiraba, muerto, con tres balazos: en la espalda. Lo balearon cuando montaba en su redomón. y sólo alcanzó a decir:
"¡Así! no se mata a un hombre!" Y se fue deslizando, con el cabestro en la mano, hasta quedar inmóvil, mientras su sangre teñía los cascos del caballo. Aquello fue un impacto en mi sensibilidad, pues yo tenía otro sentido de la muerte en los hombres. Vi degollar cientos de reses, hasta bebía la sangre caliente de los novillos. Pero, pensaba que los hombres morían de otro modo, que la muerte no llegaba así, con tan desnuda violencia. ¡Genuario Bustos! He visto gauchos después. Había gauchos entonces. Pero para mí Bustos era un arquetipo del gaucho. Tenía el mismo temple y el mismo pudor de mi padre. Lo veo, llegando a mi casa, después de manear su caballo y mirarlo un rato; detenerse ante el portón e inclinarse, quitándose las espuelas y ocultando bajo su corralera el mango plateado de su daga, y luego
llamar con suave golpe, en función de visita. Por hambre que tuviera, apenas probaba algo de la comida, y bebía agua, y su discurso era brevísimo, cordial y prudente. Y allá en su casa, en su rancho de puestero era ejemplo de trabajo en los corrales, en los arreos, en el cuidado de la familia. Hasta cuando algo gracioso le producía risa, se llevaba la mano a los bigotes como frenándose para no descomponer su eterna actitud de paisano entrado en razón. ¡Genuario Bustos! Ahora, a cerca de medio siglo de su partida de este mundo, lo recuerdo y le agradezco el poncho que me echaba encima en los atardeceres de agosto, el espectáculo de su caballo tan bien enseñado, su ejemplo de hombre cabal, y la voz grave y serena que muchas veces me narraba sucedidos de la Pampa que tanto conoció.
Allá cerca de la pequeñita estación ferroviaria, enclavada en el desierto, con apenas seis o siete casas y ranchos por vecindario, se levantaban los galpones donde se almacenaba el cereal que los gringos traían desde las colonias. Trigo, cebada, maíz… En tiempos de entrega, los canchones se poblaban de carros, bueyes y caballos de tiro. Entonces aparecían, como las gaviotas sobre los surcos, los estibadores, la peonada galponera, los hombreadores de bolsas.
Todos eran criollos, en su mayoría pampeanos. Bombachas “batarazas”, chiripá, o una arpillera cruzada en las caderas. Luego, gruesas camisetas, un gran pañuelo a cuadros, el eterno y deformado ex sombrero, alpargatas blancas con bordados rojos o azules. Y aun en plena tarea de hombrear, estibar, acomodar, la charla apenas se interrumpía. Miles de refranes, de intencionadas coplas. Cuentos de carreras, inundaciones, amoríos o duelos criollos que se hilvanaban en el ir y venir de los paisanos entre los tablones y las estibas. Algunos volaban con las bolsas sobre los hombros para no perder el final de un cuento o una respuesta ingeniosa.
Sin participar en las charlas, controlaba el estado del cereal el enviado de las compañías agrícolas, el recibidor. Este personaje, "calador" en mano, enviaba su certera estocada a cada bolsa, y extraía un puñado de maíz, o de trigo, que luego observaba con mirada de entendido, durante toda la tarea.
Mi placer era subir por el resbaladizo tablón, por supuesto sin bolsa encima de mi hombro. Y
más de una vez probé la dureza del suelo en esas travesuras.
Pero mi mundo alcanzaba su tono de maravilla cuando por la tarde se reunían los paisanos a la sombra del galpón, cansados pero contentos. Algunos tenían sus caballos en lo potreros cercanos. Otros “los de ajuera”, se amontonaban por ahí nomás. Y era entonces cuando, con las últimas luces de la tarde, comenzaban los cuentos más serios. Y allí también, mientras a lo largo de los campos se extendía la sombra del crepúsculo, las guitarras de la pampa comenzaban su antigua brujería, tejiendo una red de emociones y recuerdos con asuntos inolvidables. Eran estilos de serenos compases, de un claro y nostálgico discurso, en el que cabían todas las palabras que inspirara la llanura infinita, su trebolar, su monte, el solitario ombú, el galope de los potros, las cosas del amor ausente. Eran milongas pausadas, en el tono de do mayor o mi menor, modos utilizados por los paisanos para decir las cosas objetivas, para narrar con tono lírico los sucesos de la pampa. El canto era la única voz en la penumbra.
Aquellos rústicos estibadores, aquellos carreros que horas antes eran puro refranes y chanzas, estaban transitando otros caminos. Cada cual iniciaba un viaje a su recuerdo, a su amor, a su pena, a su esperanza. La vida me enseñó después que muy pocos públicos serían capaces de superar en atención y calidad de alma a esos seres crecidos en la soledad pampeana.
Apretado junto a ellos, mirando sus grandes manos, sus rostros curtidos, mi corazón no viajaba. Allí estaba, frente al cantor, bebiendo sin entender mucho, las cosas que decía. Me sentía totalmente ganado por la guitarra. Este instrumento se hizo presente en mi vida desde las primeras horas de mi nacimiento Con guitarra alcanzaba el sueño. Con una vidala o una cifra me entretenían mi padre y mis tíos. Pero ese fogón breve de los estibadores, ese canto tan serio, tenía una magia especial. Ellos me ofrecían un mundo recóndito, milagroso, extraño.
Yo no los miraba ya como heroicos proletarios de la pampa. Me olvidaba que ratos antes se llamaban Alcaraz, Montenegro, Leiva, Páez… Eran, por obra de la música, como príncipes de un continente en el que sólo yo penetraba como invitado o como descubridor. Eran seres superiores. !Sabían cantar!
Así, en infinitas tardes, fui penetrando en el canto de la llanura, gracias a esos paisanos. Ellos fueron mis maestros. Ellos, y luego multitud de paisanos que la vida me fue arrimando con el tiempo. Cada cual tenía “su” estilo. Cada cual expresaba, tocando o cantando, los asuntos que la pampa le dictaba. Y la llanura posee una inacabable sabiduría. Eso lo sabían muy bien esos gauchos de aquel tiempo. Nada inventaban. Sólo transmitían. No eran creadores. Eran depositarios y mensajeros del canto de la llanura, misterioso, heroico, melancólico, gracioso o apenado, según el tema.
Es que esos hombres habían penetrado en la leyenda del Canto del Viento. Ellos habían trajinado los caminos sobre los que el viento había dejado caer las hilachitas de muchas melodías, de cantos de coplas, de misterios. Y en las tardes, luego del trabajo, le devolvían al Viento los cantares perdidos, y aun le entregaban otros, nuevos y viejos. Y yo, muchachito libre, niño de campo abierto, chango arropado de silencios tímidos, era testigo de ese ritual sagrado: El hombre, carne de pueblo, levantando de los pastos un canto, abrigándolo con su amor y su sueño, lavándolo con su esperanza, y usando como un arco la guitarra, lo devuelve al viento para que lo lleve lejos, en su vuelo infinito y misterioso. Sin yo saberlo, en ese instante hechizado de la recuperación del canto, se estaba delineando en mi corazón el rumbo cabal de mi Destino.
Cuando el largo silbido inconfundible de mi padre ordenábame el retorno a la casa, yo abandonaba la rueda de paisanos, cruzaba lentamente las muertas vías que brillaban bajo la luna nueva, y al entrar a mi cuarto me tendía sobre mi pequeño catre de tientos, sintiendo que el corazón me dolía de tantas emociones.

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LOS MISTERIOS DEL CERRO COLORADO

Seguramente cuando Lugones, en sus magníficos Poemas Solariegos, hizo referencia a las "grutas pintadas del Cerro Colorado", no imaginó jamás la repercusión que su cita, habría de tener en el enjambre de estudiantes y estudiosos de arqueología, folklore y etnología, apasionados buscadores del ayer artístico de las colectividades.
Nuestra Córdoba, en el corazón geográfico del ayer argentino, presenta yacimientos arqueológicos ya famosos en el' mundo. Nuestra gente, Imbelloni, Aníbal Montes, Lozano,
Márquez Miranda. Rex González. han trabajado tenazmente en los distintos Inti-Huasi cordobeses. En Ongamira, en Pampa de Olaen, en Achala, en Cuchi-Corral y en Cerro Colorado, este último frontera de los departamentos Río Seco, Tulumba-Sobremonte.
Nuestros aguerridos investigadores han hurgado todas las piedras, toscas y areniscas hasta dejar al descubierto todos los signos de la cultura indígena, la labor de los artistas sanavirones y comechingones, la influencia de Tihuanacu y Cuzco en los cultos del enterratorio en huacas y tinajones, los ritos del viaje y de la muerte, y las diversas manifestaciones del entendimiento sobre la medicina, la siembra, la lucha en la selva, etc.
Casi sin ayuda oficial en la mayoría de los casos, costeando de su propio peculio las excursiones, excavaciones, traslados, etc., "hurgadores" de cerros han probado la importancia de los yacimientos arqueológicos y etnográficos de Cerro Colorado. Así fue que se produjo, hace treinta años, la llegada de los señores Gatner desde Londres. Estos ingleses estuvieron meses enteros entre chañares, picachos y vertientes, anotando, copiando, oteando constelaciones en las noches. Fue de ello el primer libro importante, nutrido, sobre Cerro Colorado. ¡Pero se llevaron el Sol de Inti-Huasi, descuajado de la mole pétrea, y ahora se exhibe en un museo de Londres!
El sabio Pedersen lleva años ya viajando por el mundo, de la isla de Pascua hasta los Pirineos. Estuvo, como todo inquieto, meditando en las cuevas de Altamira, copiando los viejos petroglifos de Transilvania, y en las grutas azules de Starazagora, cerca de la Macedonia búlgara, donde los Balcanes custodian maravillas arqueológicas. Pues, este investigador Pedersen, todos los años, desde hace más de quince, camina los angostos vallecitos de Cerro Colorado, y lleva estudiados más de cuatrocientos dibujos indígenas en la región, determinando la edad, la condición de los pueblos indianos que los produjeron, comparándolos con otras culturas de América, Europa y Oceanía, haciendo, en fin una enorme labor de esclarecimiento y análisis. Lástima que tan valorable obra, que abarca seis grandes tomos. tendrá :que publicarse en danés, porque no alcanzó a tocar la sensibilidad de nuestros editores. ¡Claro! Son obras demasiado caras sobre asuntos "ya viejos"...
Mientras tanto, Cerro Colorado, desde el 15 de marzo de 1958, es monumento nacional. Son centinelas de sus reliquias etnográficas todos los vecinos, que suman ciento cincuenta en la legua cuadrada. No faltan "turistas" que borroneen piedras, o hurten flechas, o estropeen senderos. Pero esto se comprende. Hay todavía gente que no ha aprendido a oír la voz de todos los dioses que le transitan por la sangre a nuestra América deslumbrante y misteriosa.
Cuando se sube a las cuestas del Veladero, del Cerro Mesa, del Colorado, del Cerro de las Cañas o del Cerro de los Pumas, se va hacia los sitios exactos de los mangruyos comechingones. Ahí se descubrieron tumbas, algunas momias. Allí se hallan puntas de flechas, pequeños huaicos en el granito. Y a lo largo de esta cadena de sierras, centenares de cuevas con dibujos en rojo-negro, en rojo-blanco, con tinturas indelebles. Figuras de caciques, de guerreros. Escenas de luchas con pumas. Llamas, multitud de llamas "enfloradas, de andar suave", como decía Zerpa, pintadas con belleza y precisión por los artistas aborígenes.
Y allá abajo, cerca del río de los Tártagos, o al pie de la Quebrada Brava, los claros ranchos del paisanaje cerreño, entre higueras, algarrobos y piquillines. Allí están los Saravia, los Bustos, los Contreras, los Argañaraz, los Guayanes, los Medina, los Samamé. Cualquiera de ellos tiene bisabuelos enterrados en la comarca. Al custodiar las reliquias indias, guardan el eco diez veces sagrado de las coplas que caminaron carnavales y navidades, encendidas de amor y de amistad, de gracia y de nostalgia. Porque Cerro Colorado es un país de guitarras y de cantores. Allí nadie aprende a tocar la guitarra. Los changos observan a los viejos guitarreros lugareños. Los oyen diariamente, y un día salen rasgueando un "Gato" con un sentido del ritmo y una seguridad tal que envidiarían sanamente los jóvenes de "Guitarreadas". El nieto de Tristán Saire, el domador, era buscado como "musiquero" en los bailes de cumpleaños y bautizos. Y tenía seis años. Y Luis Martínez, maravilloso chango de ocho años, cuando, en los domingos, bajan de los autos los "turistas", al ver a algunos de ellos con una guitarra, grita: "¡Ahí llega un alumno ... !" Y canta feliz hasta entrada la tarde, y zapatea, y dice de memoria mucho del Martín Fierro. Luego están los maduros: el indio Pachi,
moreno y buenazo. Roberto Ramírez, incansable y creador de chacareras; el montaraz Rodriguez, cuidador del Cerro y “coplero de los caminos.” Y luego todos: porque todos, en alguna medida, rasguean guitarra, sueltan su copla en la tarde, mientras los rebaños descienden retozando, y las palomas cruzan de monte a monte, como un mensaje que va pintando sombras sobre los surcos de las chacras maiceras.
En el Cerro no hay hoteles, ni electricidad, ni estaciones de servicio. Es decir: todo es perfecto, como cuadra a una aldea pequeñísima, con gente sencilla y buena, y profundamente honesta; con caballada flor, con hondas quebradas y plácidas arenas; con un reino de zorzales, reina-moras, juan-chiviros y palomas; con higueras y duraznos, y tunas; con aromas de doradilla, menta y romero; selvas de berros en los arroyos, y viejas trenzadoras de hilos bermejos y azules junto a primitivos telares.
Hace más de veinte años, la vida me llevó por un camino de chañares florecidos hasta el Cerro Colorado. Andábamos en un viejo camión, dando exhibiciones de películas mudas. El "telón" era una sábana cruzada en los caminos, de árbol a árbol. Sabíamos cobrar cincuenta centavos "del lao que se puede leer", y veinte centavos del otro lado. Teníamos un público de botas y espuelas, de alpargatas, y casi todos en sulky o de a caballo. Luego se realizaba el "concierto", y se ofrecía cinco pesos de premio a la mejor mudanza de malambo. No al mejor bailarín, sino "a la mejor mudanza". Así recorrimos todo el norte de Córdoba y la región santiagueña, desde Sol de Julio, Ojo de Agua, Sumampa, hasta los venerables jumiales de Salavina. Así se nos pobló el corazón de vidalas y saudades. Y como los poetas no escriben sin brújula, bendigo la sagacidad y el consejo de Leopoldo Lugones, que señaló, para goce del alma y retozar de mi caballo, las famosas "grutas pintadas del Cerro Colorado".

Y CANTABAN LAS PIEDRAS

Y cantaban las piedras en el río
mientras mi corazón buscaba en vano
las palabras exactas en la tarde.

El Cerro Colorado soltó sus aguiluchos
y se quedó en silencio como un nido vacío.
El agua tiene pájaros; yo siento sus gorjeo,
El agua tiene penas, insomnios y delirios.
El agua es la conseja del abuelo
que midió el mundo con su paso firme
hasta encontrar la arena,
y envejecer tranquilo.

Y cantaban las piedras en el río.
En el arpa dorada de la tarde
guardé mi copla de guijarro antiguo.
Vino la noche al fin,
distinta en cada uno, para el árbol,
para el aire, la piedra y el caballo.

Yo construyo la noche dentro mío.
Corro de estrella a estrella y las enciendo
Bebo en copa de ocaso los vinos de mi sueño.
Mía es la sombra azul y su misterio.
Veo como retornan los pájaros al monte.
Yo custodié sus nidos.
Los pastores ya bajan la montaña.
Los pastores sembraron en la sierra su silbo.

Ya olvidé la belleza de la tarde.
Triunfó la noche azul sobre mis ojos.
La noche me salió como una estatua.
Para hacer su hermosura me salí de mí mismo.
Yo repartí en pedazos mi noche sobre el mundo.
Y me quedé esperando con la mano tendida.
Contemplando la arena, pura sombra infinita.
Yo, que hice la noche, me quedé sin mi noche.
Me quedé sin mí mismo.
Y el sueño me rondaba sin alcanzarme nunca.
Y cantaban las piedras en el río.

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BENICIO DÍAZ

Toda la tierra santiagueña es un riquísimo yacimiento quechua. Los pueblos viejos levantaron sus caseríos a lo largo del Salado, entre los bosques, bajo soles ardientes, con oscuras acequias cuyas aguas los nativos "aclaraban" con penca'i tuna.
Después llegó el ferrocarril. Las vías se tendieron a lo largo del río Dulce, y prosperaron nuevas comarcas criollas, mientras se empobrecían las viejas aldeas indias del Salado. Para colmo, este río, entre arenales implacables, desapareció en leguas, y sólo de tanto en tanto asoma su espejo entre los montes y barrancos sedientos. Allí, cerca del agua preciada, las mujeres instalan sus chozas, mientras los hombres combaten en la selva con los inmensos quebrachales, o marchan hacia el Tucumán de los ingenios azucareros.
La región "shalaca", como llaman a la zona del Salado, es la comarca indigenista más antigua e importante de la provincia, Allí se encontraron los hermanos Wagner. Allí nacieron las mejores vidalas, alabanzas, chacareras, de síncopa indiana. Allí asomaron a la vida folklórica los más diestros bailarines, las mejores tejedoras y randeras, los más afamados "compositores" de huesos rotos y los magos de la medicina quichua. Allí pasaron su vida, entre el asombro respetuoso y supersticioso de las gentes, los "domadores de tormentas" más famosos del Salado.
Estos extraños personajes aparecían cuando estaba el tiempo nublado y ofrecían sus servicios al que tenía pequeña huerta o sembrado nuevo. Cobraban por anticipado un par de pesos y hacían noche en medio de la siembra; y amanecían luego de la tormenta, con las ropas sucias y el rostro descompuesto, y la melena en desorden. Habían peleado "mano a mano" con la tormenta y la habían vencido con su magia particular. Claro es que casi siempre aparecían un par de botellas vacías entre los sembrados...
Cuando comenzó el país a interesarse por los temas musicales de origen folklórico, todo santiagueño amigo del arpa o la guitarra vio la posibilidad de un camino de prosperidad económica y fama nacional. Se produjo, aunque no deliberadamente, una sucesión de "recopilaciones" que tenía color de piratería folklórico. Y se produjo en Santiago un éxodo de artistas y "sacha-músicos" que se largaron hacia el sur, camino de Buenos Aires.
Entre los que nunca sintieron deseos de abandonar su pago -ni por su fama ni por su plataestaba
Benicio Díaz.
Este mozo, criollo y quichuista, tenía en su alma todo el color, el drama, la alegría y el lirismo de su tierra "shalaca". Tal vez no haya habido en toda la provincia un tocador de chacareras tan artista y cabal como Díaz. Con su hermano Julián formaron el dúo de músicos populares de más autenticidad. Conocía Benicio los secretos de cada compás de la danza. Salavina tenía su canto, su arena, su luz. Atamiski tenía su sol, su travesura, su sonrisa. Loreto tenía su empaque, su orgullo indiano, su antigua castellanía. Silípica tenía su silencio y sus pencales. Sumamao ostentaba su paz de adobe claro y cielo azul, donde los veintiséis de diciembre los muchachos hacían las tradicionales "corridas de indios" en la
festividad de San Esteban.
Todos estos detalles, y mil más, conocía Benicio Díaz, y los incorporaba al tema de sus danzas y sus vidalas. Ahí estaba el secreto que desconocían los otros "folkloristas": el arte de hacer música con rigor tradicional, con ritmo exacto y criollo acento melódico, y además con todo el color, y el lenguaje, y el aire y el paisaje de la zona a que cada tema pertenece.
No en chiste una vez dijo Enriquez, citando a Díaz: "Toca en quichua". Y era verdad. La voz de su sonido era quichua.
Inteligente y observador, Benicio Díaz preparaba sus danzas sin apuro. Pulía, compás a compás, la chacarero o la vidala. Buscaba el tono adecuado, el acento expresador. Y trabajaba sin drama ni ostentación. Era un criollo de veras.
Sencillo y bondadoso, nunca puso precio a su arte, y nunca fue un profesional del folklore.
Tampoco se dejó engañar por los señoritos, que reclamaban a menudo su participación en una fiesta. Sabía bien quiénes eran sus amigos y quiénes aparentaban serlo.
Quedan de él muchas vidalas, chacareras, algunas zambas, alabanzas, escondidos, gatos, huellas.
Más de treinta años de andares y cantares formaron su prestigio popular. Casi todos los nativistas santiagueños de la última hora han tomado el modelo de las chacareras de Díaz para sus composiciones de éxito-. Es posible que lo nieguen con el tiempo. Siempre ocurre así. Pero no podrán negar la influencia que Díaz ha tenido en el ambiente santiagueño durante años. Está el pueblo para defender esa verdad.
Hace muchos años nos dimos con Benicio Díaz el saludo de "hermano". De él aprendí muchas cosas, cosas del paisaje santiagueño y su música. Viajamos mucho por las selvas y las salinas. Soles quemantes nos vieron andar por esos campos "shalacos", dando nuestro canto al paisanaje, sin hacer profesión.
No sólo su hermano Julián ha quedado sin aparcero. También ha entrado la soledad en mi corazón. Y pienso que la mejor manera de honrar al artista y al amigo muerto es expresando con toda verdad el espíritu del hombre y su paisaje. ¡No han de separarse tus danzas de mi guitarra andariega, hermano Benicio! Y tu vidala "Andando" seguirá diciendo las cosas de la tarde en tu tierra de Salavina, en esos minutos de la última luz, cuando la brisa viene de los jumiales sedientos para escuchar la copla:

"Conozco todos los pagos.
Los, de ayer y los de hoy,
andando ...
Y así me paso la vida
sin saber ni adónde voy,
andando ...
Corazón triste
pensando en tu amor ...”

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EL COMPADRE CHOCOBAR

Felipe Chocobar es un indio sabedor de sendas y lejanías. Hace mucho tiempo ya que se doctoró en baquianidad andina. Nació con todas las condiciones para ser baquiano y un rastreador de ese complejo mundo de valles y quebradas, huaycos y “refaladeros”, pajonales y nieves, cumbres y abismos del infinito valle calchaquí. Chocobar nació en la comunidad indígena de Amaicha del Valle, en la esquina más lejana del noroeste tucumano.
Amaicha, que quiere decir "Cuesta abajo", era una aldea formada por la reducción de las familias indias en el siglo XVII. En aquellos tiempos los hombres se nombraban Maman¡, Chaile, Chocobar, Chauqui, Condori, Agualsol, Sarapura, Tolaba...
Luego vinieron Arces y Rodríguez, Maidanas y Suárez, y se creó una suerte de mestizaje que afirmaba el criollismo de la colonia.
Cuando pasé por Amaicha comenzaba el año 1932. Venía yo desde la Ciénaga de los Terán, cruzando Tafí del Valle, Cara-Punco, Río Blanco, El Infiernillo...
Tierras altas y pastos ricos. Caballada flor, pashucos peruanos repicadores del suelo con fuerza y con gracia. Gauchos tafinistos, mestizos, gente de piel blanca curtida por los soles, pero con el clásico perfil del indio. El sello de cóndor en su perfil, las pestañas chuzas y el ademán prudente. Gentes que miraban con infinita libertad, con una serenidad sin miedos.
Gentes con mucha confianza en su brazo, en su flete, en sus espuelas, en su paisaje.
Llegué a Amaicha con el corazón cargado de bagualas. A lo largo del viaje me acompañó ese grito que nunca se despeña, y que los tafinistos antiguos llamaban el “Joi-joi”. Porque, antes de lanzar la copla al aire, como forma de probar la voz, elevaban el grito diciendo “Joijoi”. Y así un par de veces. Y quedó esa voz como sello, como estribillo o refran del viejo cantar arribeño.
Se descolgaba de la alta soledad del hombre la baguala, corría en la tarde resbalando en las mesetas donde la nieve se arrincona en los peñascos, brincaba sobre los huáycos y ganaba las laderas, para perderse perseguida por todos los ecos que el canto despertaba.

“¡Joi... joi...
De las peñas vengo.
Pal valle me voy!”

Desde las cuestas del Cara-Punco y el Infiernillo se tendía un largo camino que serpenteaba en lento y porfiado descenso, hasta llegar, después de trajinadas leguas, a Amaicha del Valle. Quedaban, como postas del viajero, la pequeña escuelita de El Cardonal, el apeadero de San Antonio y un extraño lugar llamado Tio-Punco, que quiere decir “Puerta del arenal”. Y al final, como en una hollada, Amaicha del Valle, pequeña aldea, con rancherío desparramado a lo largo del río, con el nombre de los Los Sassos, Ampimpa arriba y Ampimpa abajo.
Allí nació Felipe Santiago Chocobar. Allí corrió sus años changos, bajo la vigilancia afectiva de su padrino, el cacique Agapito Mamani. Como todo muchacho indio, “bien alvertido”, fue marucho. En los largos viajes de los hombres con hacienda, con cueros, con piezas de cacería, Chocobar era la sombra pequeña que cuidaba las mulas, los arreos, elegía los rincones del pastoreo, las aguadas.
Con el tiempo adquirió la baquianidad.y al llegar a hombre ya no tenía secretos la montaña, ni el valle, ni la senda. Además, mantuvo siempre su orgullo de indio amaicheño. Los trajines de su oficio lo llevaron a Bolivia, a Chile, a través de las punas, los salitrales y las cordilleras.
En cada aldea del camino dejó un cordial recuerdo, una amistad, un fogón encendido para meditar.
¿Por dónde no habrá andado este Chocobar inquieto, coplero, amansador, viajero del largo camino?
Se casó con una criolla, hija de don Manuel Arce, y se afincó en las cumbres de Raco.
Allí lo hallé una tarde, hace muchos años, cuando decidí vivir un tiempo en esas soledades. Chocobar me ayudó a levantar los horcones de mi rancho, allá cerca de las nubes, entre las cumbres raqueñas, en las que pasé una de las etapas más solitarias y hermosas de mi vida.
Muchas noches, desde mi lugar, solía traerme el viento la voz del amaicheño, colgando en la sombra del sendero la copla preferida:

“Charanguito…
Huáccan hermano...”

La melodía, conservando el modo clásico pentatónico, jugaba a frases como desprendidas de algún antiguo yaraví. Otras veces, la voz de Chocobar era baguala pura:

“Cafayate y Tolombón.
Bollo grande y llenador…”
“China fiera,
rastrojera...”

Isabel Aretz Thiele, cuando recorrió los valles juntando melodías y coplas folklóricas, anotó cinco modos distintos de bagualas vallistas, todas dictadas por Felipe Santiago Chocobar.
Este hombre, tan completo en su oficio, solía cantar acompañándose con la caja, el viejo tamboril andino. Tenía en su rancho hasta tres tamboriles diferentes, los cuidaba mucho y su gusto era probar la sonoridad del instrumento, escuchar el vibrato de la chirlera junto a su rostro y soltar su Joi-joi con segura y fina voz.
Su buen ánimo no lo abandonaba jamás. Detrás de su rostro indio, detrás de sus pequeños ojos renegridos, que le hacen ostentar una máscara dramática, se esconde un diablillo burlón, amigo de la luz y la gracia, de la broma y el canto. Después de muchos años de vivir en Raco, el amaicheño enviudó. Sus hijos se fueron por diversos caminos. El hombre se halló de pronto, con cuarenta años encima, empobrecido y solo. Juntó sus pocos animales y los malvendió. Y una mañana ensilló su zaino cola larga y partió sierra adentro, camino de la Hoyada. Por esa senda comienza a andar, y luego de dos días de penosa marcha llega a Tafí del Valle.
Chocobar conocía esa ruta. Cien veces la hizo. Montó a caballo y miró por última vez el rancho que fue su hogar y que los vientos pronto convertirían en tapera.
¡Destino de las cosas! Tapera sería esa casa de pobre. Y estaría frente a frente con otra tapera, aquella que fue rincón de lirismo, de copla y sueño, cuyos horcones el hombre me ayudó a levantar años
atrás. Tapera es hoy aquel rancho que tanto quise y que los tiempos cubrieron de pajonal, enredaderas y olvidos, después de las luchas bravas que sostuve y que remataron en una zamba que me lastima cada vez que la canto: “Adiós, Tucumán”.
Felipe Santiago Chocobar volvió a su pago de Amaicha del Valle. Volvió a los huaicos de Ampimpa, a los arenales de su infancia. Por ahí andará, quizá un tanto silencioso, pensando cosas de aquellos
tiempos, de los viejos andares, de los rezos en medio de las cumbres, de los soles desmayados en los abismos del poniente; de las lunas caminadoras del cielo calchaquí.

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EL MINERO

Hace mucho, quizá treinta años, conocí al minero. Buscaba oro, cordillera arriba. Su tenacidad era tan grande como su desamparo. Buscaba oro, pero temía encontrarlo. Un día me dijo: "Sé que he nacido «buscador». Pero nada más que «buscador». Si mi sueño, mi destino es buscar, seguiré mi estrella, allá donde se acaban los caminos. Pero sé que nunca disfrutaré del oro. Porque será como vender mi sueño por un puñado de oro. Y por razones que no sé explicar, yo no podría vivir sin ese sueño... "
Hace un tiempo nos volvimos a encontrar, en el Noroeste. Estaba pobre, con una limpia pobreza. Y la dignidad seguía siendo la mejor luz de sus ojos.
Tenía su amor, su mujer, a la que nombraba con un sobrenombre extraño y encantador: Nácar.
Durante dos noches conversamos largamente. Mejor dicho. los escuché, mientras evocaban tiempos de lucha, de soledad, de dramas y esperanzas, cosas vividas y lloradas, y vencidas, en un paisaje de cumbres y senderos, de abismos y de cielos, donde sucumbe todo lo que es débil, donde triunfa o permanece sólo aquello que es fuerza y es verdad.
La tierra que se da en estaño, cobre, plata y oro, no tiene bosques ni hierbas. Es páramo desolado, piedra maldita, donde la nieve es siempre rostro idealizado de la muerte.
El hombre busca con afán el oro. Rompe la piedra; doma leguas; libra combates con la nieve y la altura.
Sueña. Sueña extraordinariamente. Y cava en los peñascales, creando su socavón de esperanza.
Y casi siempre, está cavando su propia tumba. La montaña se defiende. Tiene vientos y escarchas. Tiene nieblas que borran todas las sendas, menos las del anhelo recóndito del hombre. El hombre sólo tiene su piqueta. Antes de tenderse a morir un poco su sueño de ser cansado, en tosca fragua afila su herramienta, la templa, la envuelve en su casaca como a una huahua heroica. Y se duerme, para soñar sueños menos bellos que los que sueña con los ojos abiertos, en perenne desvelo, como el cóndor.
A veces, la luna, abierta navaja sobre un paño azul, corta de un tajo el aire. Y un pedazo de copla cae sobre el sueño del minero.
Fuerte alcohol. Comida picante. Negro tabaco. Débiles cosas frente a la vida del minero.
Ama a la hembra, mordiéndola. La hembra, la china, es la culpa simbólica de la cumbre.
En la riña, es un puma. Es el viento y la niebla, el río crecido y la nieve en remolino.
El minero no anhela disfrutar del oro. Su dicha es descubrirlo. La muestra que en su mano brilla, vale todo el palacio de los que tienen oro sin haberlo soñado, ni buscado, ni sufrido.
Hay domadores bravos que nunca tuvieron un caballo suyo. El minero es así, doma el misterio, y se queda dormido sobre su potro de piedra solitaria. Dormido o muerto; al fin, las dos esquinas más exactas de su sueño.
A veces, una muchacha espera, valle abajo, en el pueblo. Luce como un adorno su condición de hembra del minero. Es la mujer del hombre. Lo siente, y se enorgullece.
Pero baila en burdeles, y se requiebra, y se da como la arena floja en las mañanas de viento.
De una chuspa de cogote de guanaco saca un par de "pepitas". Y de ahí son sus zapatos chillones, su moño multicolor, su pollera floreada, y la botella de licor para el amante, y el disco innoble que musicaliza la espera sin espera.
Y allá arriba, quemado de viento y soles implacables, el minero. Solo; porque hasta su.
sueño lo dejó, para irse de sus ojos, a lo largo de la cordillera. Buscando ¡Siempre buscando! Y, a veces, engañándose un poco a si mismo, piensa que está cerca de la veta.
Precisa jugar con esta ilusión, para que descansen sus ojos. Porque siempre que piensa que "llegó", llora un poco.,Y esto le hace mucho bien.
El minero sabe que tiene un enemigo importante. Ese enemigo es otro minero. En esa lucha, enconada, tenaz, sin tregua, vence aquel que tiene mayor capacidad de silencio y de soledad.
"Nadie nombre su río ni su peña", es la consigna. El minero es locuaz sólo borracho. Pero a la más leve pregunta, clava sus ojos en la frente del otro, y lee hondamente, letra a letra, la intención del despojo. Entonces muestra su mano derecha, toda surcos y callos, y. alguna herida antigua. Y habla con su voz sacada en años de gruta y, socavón: "Aquí, en mi mano, está el mapa de lo que busco y lo qué hallo. ¡Apréndelo!" Y se aferra a la garganta del otro, apretando, apretando. Sólo el puñal defiende esa garra. 0 los demás, que, solidarios con el agresor, castigan en silencio al que se atrevió a preguntar a un minero "dónde trabaja, en cuál río, en qué peña".
La nieve tiene forma de mujer. Hay noches bravas. Noches de luna llena, en que la cordillera desata sus fantasmas, viste sus duendes, y seca la garganta de los mineros.
Y el hombre tiene sed, y bebe nieve. Mira lejos, y siente que la nieve es seno, cintura y boca.
El minero fuerte, masca tabaco, piensa. Luego escupe, y se cubre la cabeza con su puyo de llama o de guanaco.
Hedor de animal macho lo conforta, y lo lleva a otros sueños que lo salvan, que lo recuperan. Vuelve a ser él.
El minero joven sucumbe al espejismo. Busca sediento a la mujer de nieve.
Algo vio, algo sintió; una palabra en el aire, una canción en la luna; una senda de flores entre piedras heladas. Y a la mañana, los cóndores revelando sobre los huaicos trazan las palabras del último salmo bárbaro, sobre el cadáver de un muchacho minero que no supo esperar, que no pudo resistir el fatal encantamiento de la luna en las cumbres.

“Montañita que me rindes.
¡Ríndete tú!
Mano fuerte y vida triste.
¡Minero soy!
¡Me duele el pan que gano!
Brilla la piedra y la llama,
mientras yo me apago ...”

En algún boliche, rincón entre las peñas con tablas de cardón, suele el minero romper su silencio con la copla de la "lactara", la baguala ritual de los buscadores.
Si tiene "caja", golpea el parche, pausadamente. O con los nudillos sobre la única mesa, donde converge el silencio de todos los angustiados por la piedra que brilla y se esconde.
Pasa el viento, y se roba la canción. Y el minero la sigue cantando, para adentro. Y la copla se le desangra, como un sueño. El sueño es el amargo metal de los hombres que cavan en su propio corazón.

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